Carlos Marques
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Nació el 11 de mayo de 1934, por cosas del destino triste y de hambre en Portugal sus padres emigraron por un tiempo a Forcey, Francia. Siendo la octava de nueve hermanos, comenta que nació en Francia “pero me trajeron de pequeña para Nogueira da Reguedoura, Portugal. Pasamos por una guerra muy grande, no había que comer, íbamos para la panadería a hacer cola para comprar un real de pan”.

Tuvo que vivir en ausencia de su padre, ya que el decidió quedarse en Francia. “Uno tuvo una juventud más o menos, mi papa quedó en Francia, y vinimos con mi mamá. El franco no valía mucho, mi padre no veía por nosotros, pero ellos ganaron unos dineros en Francia y compraron unos terrenitos en Portugal. Nosotros trabajábamos en la tierra y ayudábamos a mi mamá en lo que podíamos. Nos parábamos a las cuatro de la madrugada a cortar maíz, cegábamos la hierba, la cargábamos en la cabeza”.

“Estudié hasta el primer grado, pero no pude seguir estudiando porque tenía que ayudar a hacer la cena para los trabajadores y para mis hermanos. Después, poco a poco la guerra terminó. Vivimos momentos fuertes, ya que mis hermanos no todos trabajan, hasta que mucho de ellos resolvieron venir a Venezuela”, cuenta Alves.

Aunque su vida de juventud no fue fácil, en su tiempo libre disfrutó de asistir a fiestas, consiguiendo en una de ellas a quien sería su marido años más tarde, Américo Dos Santos Baptista. “Yo también me puse a trabajar de saquera, llegaba del trabajo y me ponía a hacer la cena y todavía iba para el campo. Luego conocí en una fiesta en Nogueira da Reguedora al que es mi esposo, a mi él no me gustaba porque era muy burlón como lo es todavía, pero después me fui amañando y nos enamoramos”.

“Mi esposo también vino primero a Venezuela como tres años, yo quede allá. Luego de tres años él regresó y nos casamos”, cuenta la entrevistada. “Yo era quien mantenía la ropa de mi hermano, limpiaba los pisos de madera con un jabón amarillo, fregaba la cocina. Luego quedé en estado, emigré cuando mi hijo tenía 3 años”.

Al llegar a Venezuela, con la cordialidad que la caracteriza, se fue enamorando de estas tierras y de su gente. “Me dediqué a cuidar la casa y a mis hijos. Cuando llegué no sabía hablar muy bien el español, pero tenía una vecinas muy buenas y comprensivas. Luego tuve a mi segunda hija. Fueron llegando los otros 5 hijos, Domingo, Fátima, Isabel, Joaquín y Fernando, ya tengo 13 nietos, todos nos damos bien con todos, no me gustan los pleitos”.

“Recuerdo cuando nos reuníamos todos a cenar cada Diciembre, también cuando realizamos la Fiesta de la Virgen de Fátima y como adornábamos la carroza de la virgen”, recuerda Alves. Con franqueza asegura que “lo más doloroso fue la pérdida de mi hijo Domingo y el accidente donde casi se me muere mi hijo mayor”.

Esta buena hija, especial hermana, abnegada esposa, estupenda madre, a sus 75 años sigue teniendo una vitalidad impresionante. Participa en el grupo de la Legión de María, asiste a la misa con frecuencia y vive sus días en el calor de su acogedora casa, donde es imposible verla en algún momento sin actividad y siempre al servicio de todos. “Yo hago todas mis obligaciones. Hice todo lo que pude por mi familia. A pesar de estar viejos, no llevamos una vida triste, siempre cuento con el apoyo de mi hija Germania y estoy muy agradecida con ella”.

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