Cotidiana Saudade: El encanto de Caracas

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Julio Materano
Puede que Caracas, la capital del destierro y de las despedidas, sea una ciudad violenta, que ladra a quienes transitan sus calles afantasmadas después de cada tarde transcurrida, pero también tiene su encanto.

A decir verdad, es una metrópolis con una profunda vocación de modernidad. Fue, no lo dudo, una de las primeras de la región en tener Metro y un sistema de transporte superficial ambicioso, ahora venido a menos. Fue también la sucursal del cielo, la de los techos rojos y la sultana del Ávila.
Cuantos recuerdos en sus calles marchitas, en sus mercados, en sus avenidas desparramadas, que son, al final del día, el mayor encanto si se valora su gente. Ahora que he tenido la fortuna de conocer Portugal puedo acreditar que Caracas es una promesa detenida en el tiempo. Sus autopistas, sus grandes centros comerciales y edificios espigados son la mayor prueba de lo que alguna vez se planteó ser, de lo que fue: el ápice de un país que gozó de la mayor bonanza petrolera y del que ahora solo quedan cenizas en las emergencias de los hospitales.
Caracas, la de espesos andenes de metro, no ha muerto. Solo padece la indolencia de un sistema que parece condenarla a la violencia, al desgobierno. Desde la distancia, al otro lado del mundo, en Portugal, puedo repasar con lucidez el verdor de su cerro, la gentileza de su clima, la afabilidad de los que trabajan sin descanso para reconstruirla. Cómo extraño la Caracas agitada, la de temperamento amable, la de buen humor, su catedral y la música de las guacamayas. Sus parques, Los Caobos y Los Próceres, a donde solía trotar. Añoro sus árboles primaverales y su arquitectura que resume la historia de lo que tal vez sea la ciudad más importante de Venezuela. Ay de mí sin Sabas Nieves, sin las caminatas a contrarreloj por el centro y los almuerzos sin tajadas.
Cuando me preguntan que extraño más de la ciudad, solo me asalta una respuesta: el carácter de su gente honesta, de quienes madrugan para trabajar y a todos aquellos desconocidos que respondían espontáneamente a mis pensamientos en voz alta. Después de todo, lo único bueno fue que me pude liberar de tus robos, porque tú también me asaltaste, Caracas. Pero no te guardo rencor. En el Centro entendí lo que era caminar despabilado, con los ojos abiertos. Supe también lo que era andar sin rumbo en una tarde sin planes y que el Ávila es nuestro norte, uno inmutable, que te regala la dulzura de sus paisajes, con la majestuosidad del Humboldt.
Pero hoy, cuando celebro tu aniversario desde la distancia de la diáspora, solo tengo buenas palabras para regalarte. En la plaza Caracas probé lo que hasta ahora es el beso más indeleble. La terminal de Metro Plaza Venezuela me dictó, en más de una ocasión, la pauta del día como periodista en el diario El Universal. Te recorrí de este a oeste. No hubo recodo que no conociera. Me deslumbraron tus amaneceres, tus cerros rojizos, de casas de arcilla desnuda, y el ingenio de tus habitantes para llegar a casi cualquier lado cada vez que se paralizaba el transporte subterráneo.
En una ocasión, en la que hice un trayecto en autobús, que toma 45 minutos, entre Coche y La Hoyada, en el centro de Caracas, pude ver cómo una mujer embarazada rompió fuente, un asaltante quiso robar a un pasajero con una pistola y un usuario perdió un kilo de verduras entre empujones. Todo aquello resultaba risible después de aquel día transcurrido que, a decir verdad, inició con las restricciones propias de un transporte en crisis.
Fue en una mañana agitada durante la cual una la muchedumbre desesperada, irritada por el castigo que impone la espera, competía entre sí para abordar el único colectivo que se vislumbra en la avenida intercomunal de El Valle.Con una destreza insospechable, el gentío se abalanzó contra aquel amasijo de hierro corroído seguramente por el desgaste que produce el tanto rodar.
Eran poco más de las 9:00 am y algunos tenían mucho más de media hora en la parada. Se negaban a renunciar a su viaje en el próximo autobús. Los más ancianos, vencidos por la impaciencia, también intentaban hacerse espacios entre empujones para capitalizar los pocos puestos vacíos en la unidad que se detuvo frente a ellos.
Aquello era el retrato de cualquier viaje en transporte público. De inmediato el griterío se apoderó de la unidad y luego llegaron los empujones, el jamaqueo: los insultos iban y venían y el manoteo nada que cesaba entre dos jóvenes corpulentos. Es lo ordinario para una ciudad cuyos habitantes parecen acostumbrados al maltrato. Aún recuerdo cómo los rezagados se guindaban como banderines en la puerta. Nada nuevo. Eran cornetas y luz de cruce. Voceaban las paradas e indican al transportista cómo manejar: “Para, aguántate, chofer, que se queda uno”, gritaba un vendedor de caramelos desde la puerta.
En el interior de la unidad, una bolsa tupida de verduras, probablemente traídas del Mercado de Coche, se desparramó por dondequiera y todos se abocan a la tarea de recoger los alimentos maltrechos. Pero el dueño apenas logró recolectar la mitad de lo que llevaba. Perdió más de un kilo de tomate y cebolla en la reyerta colectiva y suplica para que se lo devolvieran. El hombre, de palabras retadoras, no acusó a nadie, pero sospecha de todos. “La cosa está muy ruda y la gente está pasando hambre”, decía.
Mientras el autobús continuaba su trayecto, la gente se acoplaba en el pasillo estrecho donde yacía algunos tomates aplastados. Pero cuando todo empezaba a cobrar cierta normalidad, los sollozos de una mujer rompieron la calma y desbordaron la angustia entre los pasajeros. Era una joven a punto de parir. El hombre que la acompañaba dijo que había roto fuente y requería atención.
Algunos estallaron en carcajadas, otros solos permanecían enmudecidos, sin quitarle la mirada a la mujer barrigona. El hombre que la acompañaba, un joven atiborrado de bolsos, que parecía ser el padre de la criatura, se aproxima a la puerta aun con el autobús en marcha poco antes de llegar al hospital y la mujer, que no dejaba de llorar, despedía un líquido entre sus piernas.
En otra parada un sujeto armado se sube a la unidad e intenta robar a un anciano. Le pide el teléfono, pero el griterío de la gente ahuyenta al ladrón. En Caracas, la anémica flota de autobuses no solo cuenta la historia de un sistema de transporte en crisis, quizá el más embestido por la recesión económica. El servicio, que está paralizado en 90%, según el gremio, retrata la cotidianidad de una ciudad que se desarticula con cada desatino gubernamental y que parece ser el espectro de lo que alguna vez fue: aquella Caracas solaz, transitable, cuyos edificios modernos despertaron, en los 70, la envidia de otras capitales.

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