Equipo de béisbol ayuda a la integración de emigrantes en Nogueira da Regedoura

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El Centro Luso-Venezolano (CLV) de Nogueira da Regedoura, en Santa Maria da Feira, formó un equipo de béisbol para ayudar a la integración sociocultural de los inmigrantes de Venezuela y para preservar esta tradición deportiva latinoamericana entre los emigrantes portugueses que hoy regresan a su país natal.

Aunque el centro social del barrio de Aveiro ya ha puesto a disposición sus infraestructuras para el entrenamiento de «beisbolistas» externos, esta es la primera vez que la casa cuenta con un equipo propio, abierto también a jóvenes y adultos sin especial vinculación con Venezuela y que ya compite en la Liga Atlántica de Béisbol – que la CLV creó con la Académica de Coimbra y en la que participan otros cuatro equipos de las regiones norte y centro del país.

«Cuando la situación en Venezuela comenzó a deslizarse aún más, hubo muchas personas con vínculos con Portugal que optaron por regresar y pensamos en el béisbol para ayudar a superar lo que perdieron social y emocionalmente cuando dejaron todo allí para venir en busca de seguridad», dice a Lusa el presidente de la asamblea general del CLV, Joaquim Marinheiro, que en 1985 fue uno de los fundadores del equipo que ocupa casi 50.600 metros cuadrados de terreno en la frontera entre Feira, Espinho y Gaia.

La casa ya contaba con unos 1.500 socios y en la actualidad sólo hay 900 con las cuotas al día, «dadas las dificultades económicas que atraviesan algunos y que se han acentuado con la pandemia y el desempleo», pero éstas y otras familias pueden seguir utilizando el espacio para disfrutar de su restaurante, gimnasio, salones de eventos, escuela de música, discoteca, galería y un bar con delicias típicas venezolanas.

Es en el campo de fútbol sala, junto al pabellón cedido al equipo de voleibol de la AJM/FC Porto, donde se encuentran los marcadores del béisbol, que Vítor Santos, presidente de la junta directiva de la CLV, describe como «el deporte rey de Venezuela», motivador de «la misma locura que en Portugal tenemos por el fútbol».

Al acercarse al campo, el público escucha el sonido metálico de los bates de aluminio de los Halcones que proyectan al aire pelotas de 180 gramos hechas de cuero rígido. «Es un sonido más irritante que el de los palos de madera, pero los palos de aluminio no sólo son más baratos, sino que también se adaptan mejor al nivel de rendimiento que tenemos aquí porque hacen volar más la pelota. En el máximo nivel utilizamos los palos de madera porque, con la experiencia y la fuerza de estos jugadores, si golpearan con los de aluminio no se verían las bolas», explica Horacio Trinidad Domínguez, nacido en Caracas de padres portugueses.

Mientras que algunos jugadores llevan la ropa normal de entrenamiento y se distinguen como jugadores de béisbol sólo por el bate o por un enorme guante de cuero, otros llevan el traje formal de los Falcons, con pantalón gris claro, gorra azul y camiseta blanca, azul y roja.

Este es el caso de José Carlos Alves, antiguo inmigrante y director deportivo de la CLV, para este deporte que se caracteriza por involucrar a dos equipos de nueve jugadores en posiciones de ataque y defensa, uno buscando recorrer cuatro puntos del campo en menos tiempo del que necesita el adversario para cubrir el mismo recorrido con el balón y el otro sucediéndole después en la misma tarea.

«Como casi el 100% de la gente de Venezuela tiene arraigado este deporte como parte de su vida y aquí en Portugal es muy difícil encontrar algo relacionado con el béisbol, nuestra idea era facilitar la integración social de los que están llegando ahora y tienen el agravante de haber venido sin casi nada», destaca el director del deporte.

El día de la competición, el ambiente se vuelve familiar y festivo. «Un partido puede durar seis horas y luego ves a las familias de los jugadores por aquí con todos alrededor de un picnic, comiendo arepas, tequeños y otras cosas típicas venezolanas», dice Vítor Santos.

Esta convivencia responde a los objetivos del CLV, facilitando el aprendizaje del portugués e incluso ofreciendo oportunidades de trabajo entre los antiguos y recientes inmigrantes. «Las personas encuentran apoyo en los demás, transmiten tradiciones y hábitos culturales a sus hijos y nietos, se sienten más acompañados», sostiene Joaquim Marinheiro.

Uno de los inmigrantes venezolanos que lo confirma es Hallison Lamón, quien dejó su trabajo como gerente de la empresa de cerveza Polar y decidió probar suerte en la tierra natal de su esposa cuando en Isla Margarita se volvió «demasiado arriesgado» criar a una niña de ocho años, dada la «falta de medicinas, alimentos y servicios» en todo el país.

El proceso burocrático de legalización de la familia en Portugal fue «complicado», pero la vida ahora, aunque sigue pecando de falta de empleo estable, es tranquila. «Los portugueses nos reciben con mucha cordialidad, con mucho calor», explica el segundo base, que tiene cuerpo de guardaespaldas, pero garantiza que «el béisbol es un deporte muy cívico».

Emmanuel Gonçalves ya no tiene acento. Nació en Caracas, pero vino al país de su padre cuando era adolescente porque su madre quería que sus hijos estudiaran aquí y temía que se enamoraran de chicas venezolanas. La señora tuvo media suerte: Emmanuel siguió el camino previsto e incluso hizo carrera en el béisbol jugando en equipos de Gaia y Espinho, pero aquí encontró a una María que era venezolana de todos modos y ahora la pareja intenta pasar «el bicho del juego» a sus hijos, esperando inscribir a Eddy y Noa en la escuela de béisbol que el CLV quiere abrir en octubre.

«Llegué aquí hace casi 30 años, pero sé muy bien lo duro que es dejar todo atrás y empezar de cero otra vez. ¡Estos entrenamientos realmente ayudan a los chicos a sentirse mejor! Haces ejercicio, charlas, comes bien, te tomas una cerveza e incluso haces contactos profesionales. Quedarse encerrado en casa, rumiando, no ayuda a nadie», concluye.

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