Goes: Muchos descendientes se conforman con el pasaporte holandés

Joel Goes, quien recientemente fue oficializado como cónsul honorario de Portugal en Curazao, se ha planteado la ambiciosa tarea de sensibilizar a los nietos y bisnietos de aquellos primeros emigrantes portugueses para acompañarlos en su pedido de nacionalidad

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Julio Materano

De las Antillas Menores, Curazao, la pequeña isla al norte de Venezuela, es de aquellas donde el verano se confabula con sus bahías turquesas para vigilar, enajenado, la majestuosidad del Caribe. En realidad, es un lugar de contrastes, erizado de pequeñísimas comunidades de extranjeros que llegan, es cierto, en busca de playa, sol y arena; pero, sobre todo, de un recodo de tranquilidad para emprender e invertir en pequeñas empresas.

Con 444 km², su territorio representa menos de la mitad de la isla de Margarita.  Su economía, que depende esencialmente de lo que llega al puerto de Willemstad, se ha diversificado con el arribo de inversiones de todas partes del mundo. Los nativos, que apenas superan los 150 000, han entendido que en la fusión cultural estriba parte de la solución a un dilema de vieja data: su dependencia, en términos energéticos, de Venezuela, una nación que, incluso hoy, con su industria petrolera aletargada, los seduce con la vieja promesa de convertirse en un “portentoso” proveedor de combustible para toda la región. Pues, allí funcionó por décadas una de la mayores refinerías de crudo de Pdvsa, con una producción de 335 barriles por día.

Su relación con Venezuela no sólo se ciñe a una ruta de intercambio económico ni a las conexiones aéreas y marítimas. Ambos territorios comparten una historia común: los emigrantes portugueses. Curazao fue, por muchos años, puerto de llegada, tierra de gracia y enclave de ensueño para quienes huyeron de la dictadura de Salazar y de las guerras en Europa. Es verdad que la isla fue un puente directo a tierra firme. Sobre todo, para quienes venían de Madeira y pretendían llegar a La Guaira, en Venezuela, o a las distintas ciudades de Brasil.

Pero, actualmente, es el hogar definitivo de una comunidad de al menos 3 000 portugueses. El arraigo es tal, que algunas calles fueron nombradas como Funchal, Madeira o Fátima. Y no falta la comida típica. En los años 50, el período de plena efervescencia lusa, se construyó la Iglesia Nuestra Señora de Fátima en el barrio Suffisant. Fue un templo levantado por una colonia que estaba decidida a inmortalizar su presencia. Incluso hoy, este espacio religioso no deja de ser el testigo silente de una poderosa colectividad que ahora pierde cierto vigor.

Se sabe que la llegada de los primeros madeirenses tiene al menos un siglo de historia, una página escrita con tesón y entrega. Porque la colonia portuguesa ha sabido ganarse el respeto a fuerza de trabajo. Joel Goes, quien recientemente fue oficializado como cónsul honorario de Portugal en Curazao, es la prueba de que se puede ser emigrante, empresario y estar solvente económicamente. Su mérito más laureado radica en la profunda vocación social que ha demostrado por la diáspora. La convicción de que puede hacer algo más allá de enaltecer a sus connacionales lo ha puesto donde está, un cargo al que llegó empíricamente, sin formación previa y con la intuición de que todo lo que hará le saldrá bien.

Su nombramiento como cónsul honorario fue aprobado por el ministro de Negocios Extranjeros, João Gomes Cravinho, en un despacho que data del 4 de septiembre de 2023. Goes se ha desempeñado como presidente de las asociaciones de Supermercados y de Comercio de Curazao. Pero su arribo a este nuevo puesto lo obligó a poner de lado las responsabilidades ordinarias, para asumir el reto de ayudar a sus conciudadanos. “Voy a dar todo lo mejor para contribuir con lo que necesiten”, afirma.

Joel Da Silva Goes, como realmente se llama, es testimonio y voz; testigo y defensor de una comarca cultural que pide ser valorada fuera de casa. Curazao, que se ha ganado cierto reconocimiento por su carácter inclusivo, también hace parte de este país, inmaterial, en el que se ha convertido la diáspora en el mundo. Goes recuerda que los primeros lusitanos que llegaron a la isla trabajaron con la Shell, la entonces multinacional británica que refinaba el petróleo extraído en Venezuela.

Más tarde, cuenta el ahora cónsul, los emigrantes abrieron abastos, automercados y tiendas de todo tipo. Él es uno de ellos. Desde los años 20, antes de la II Guerra Mundial, los portugueses han dejado un legado generacional importante. Y Goes se ha propuesto rastrear a cada una de esas personas que, como es natural, han priorizado su nacionalidad holandesa, dejando el legado luso en orfandad. Curazao, que responde al reino de los Países Bajos, tiene el reto de recuperar la identidad que, en cierta medida, ha quedado enterrada.

Goes responde con esmero cuando se le pregunta por cada aspecto de los emigrantes. Se ha ganado la fama de un buen gerente, un reconocimiento que tiene cimientos reales. En el archipiélago, no sólo le sigue la pista a su historia familiar, que es la de muchos. También desarrolla una carrera como empresario. Pues, es dueño del supermercado Goisco. Se trata de un establecimiento, de dimensiones asabanadas, que distribuye productos de todas partes del mundo y se ha convertido en una referencia obligada.

Desde su investidura como cónsul honorario, se plantea la ambiciosa meta de despertar en los más jóvenes la admiración por el país ibérico. Con lo cual, Goes pretende abonar el camino para atender al menos 100 pedidos de nacionalidad por año. Su planteamiento exige sensibilizar a la población en torno a un gentilicio que representa otro modo de ser. “Es difícil saber cuánta gente no tiene nacionalidad, pero la idea es informar y convencerlos. Hay muchos descendientes que dicen no estar interesados, que les basta con el pasaporte holandés”, reconoce. Pero no guarda reposo. Es como si quisiera salir a la calle para indagar, de boca a boca, en torno al origen de los otros.

Por algo, se ha propuesto usar las radios locales, los medios de comunicación y las redes sociales para divulgar los derechos que se otorgan con la atribución de la nacionalidad. Habrá que esperar cuánto de ello se concreta en la práctica. “Hay casos en los que fallecen los padres y abuelos, y dejan propiedades en Madeira. Y, al ser portugués, resulta mucho más fácil ocuparse de ese tipo de situaciones que interesa a muchos”, incentiva Goes, quien ve en la ciudadanía portuguesa una alternativa que brinda seguridad.

“Curazao es una isla que está bajo el gobierno de Holanda y tenemos todas las necesidades sociales cubiertas, es verdad”, dice. Pero cree que hay algo más allá del bienestar económico. “Ese es el trabajo que voy a hacer para llegar al fondo de este asunto, para convencer a los bisnietos de portugueses y hablarles en torno a la importancia de recuperar nuestro gentilicio, que reside, en gran parte, en nuestro idioma, en nuestros modos”. Por años, el consulado de Portugal en el archipiélago tuvo una profesora que enseñaba la lengua del poeta Luís de Camões, una actividad que para muchos no deja de ser un imperativo. “Es una pena que la mayoría de los descendientes haya perdido el idioma. En una visita oficial, el presidente de Madeira quedó muy asombrado por el hecho de que yo, habiendo nacido aquí, hablara tan bien el portugués. Es una tristeza que los padres no pongan a sus niños a hablar en casa”, se lamenta Goes.

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