Joaquim Martíns Santiago nació el 19 de noviembre de 1945 en Rio Covo- Agueda, en Aveiro, localidad donde también nacieron sus padres: Antonio Gomes Santiago y Gracinda de Soto Martins.

A los 19 años de edad se casó con Albertina da Fonseca y poco tiempo después se unió al ejército portugués en la lucha contra Angola.

Tanto le marcó esa etapa, que lleva grabada en la piel la fecha del 15 de abril, día cuando embarcó el buque “Veracruz” junto a unos cinco mil soldados hacia tierras africanas, donde batalló durante nueve años, los dos primeros obligatorios y luego como voluntario.

Pero de aquella guerra no solamente conservó el tatuaje en el brazo izquierdo, también acumuló “muchas vivencias que me hicieron un hombre más conciente”, afirma con su eterna sonrisa, esa que le ha caracterizado aún en los momentos más duros, “pues debemos verle el lado positivo a todo, el hecho de amanecer, ver el sol y seguir con vida son motivos para agradecer a Dios”. Y esto lo dice con propiedad, pues a cada minuto sentía las balas rozándole la cabeza, se enfrentó cara a cara con la muerte “y aún así pensaba con esperanza en el futuro”; dormía poco pero soñaba en grande “con la justicia y la libertad para todos”, el clima era inclemente “pero en lugar de quejarme preferí adaptarme”; convivió con los animales salvajes “y puedo asegurar que a veces tienen más sentimientos que muchos humanos que se etiquetan de civilizados”.

También aprendió “que el principal enemigo del hombre a veces es él mismo, que la rectitud moral es la mejor arma para vencer al destino y que los sacrificios más grandes valen la pena cuando se trata de ayudar a otros”, como lo hacía cada vez que atravesaba caminando durante 15 días seguidos en medio de las aguas del tercer río más ancho del mundo, con la misión de escoltar a los nativos a la zona de pesca y así evitar que fuesen raptados. “Proteger a otros me daba fuerzas, incluso cuando el agua me llegaba al cuello y la plaga me destrozaba los pies”, rememora sobre los meses de lluvia cuando las márgenes del río se ensanchaban 40 km a cada lado y él junto a su tropa debía atravesarlo.

Incluso cuando estuvo entre la vida y la muerte por causa del agua que envenenaron los enemigos, siempre pensó “que la salvación estaba en camino” y luego de seis meses hospitalizado y tras haber sido trasladado a Ruanda, fue curado.

Al culminar la guerra regresó a amada Portugal pero ya no era el mismo país que había dejado y él tampoco era el mismo muchacho de nueve años atrás. Así que en 1975 decidió emigrar a Venezuela y comenzar una nueva historia.

“Encontré la paz y formé un hogar junto a mi esposa”. Primero llegaron a Caracas y luego se mudaron a Guatire, “conformado en aquel entonces por numerosas haciendas de caña de azúcar, paisajes bellísimos y pocas edificaciones”, rememora Santiago, quien ha sido testigo del crecimiento de la tierra guatireña y protagonista del desarrollo cultural de la comunidad portuguesa, desde su trabajo como director del Grupo Folklórico Virgen de Fátima. “Estoy muy orgulloso de dirigir esa agrupación porque adoro a mi Portugal, creo que la cultura es la mayor riqueza de un pueblo y esa es una de las enseñanzas más bellas que puedo dar a mis dos hijos y cinco nietos”, afirma Santiago, un hombre optimista y apasionado por la vida, con una historia inspiradora y en la cual aprendió a “ser feliz aún ante las adversidades”.

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Periodista de Planta vurdaneta@correiodevenezuela.com Egresada como Comunicadora Social de la Universidad Católica Andrés Bello y con un postgrado en Gerencia Educativa en la Universidad Santa María. Ha trabajado en medios como Meridiano, La Voz y Radio Capital. Fue miembro del Instituto Portugués de Cultura y se ha desempeñando como docente universitaria, además de impartir talleres literarios a niños y adolescentes. Forma parte del equipo de periodistas del CORREIO da Venezuela desde 2004. Se declara una admiradora de la cultura portuguesa, sobre todo de su literatura y su fado. “Gracias al periódico he conocido una gran comunidad, ejemplo de trabajo y perseverancia”.

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