Lesados del BES: «Que la justicia sea para todos»

Los afectados que están radicados en Venezuela exigen que sus ahorros sean desbloqueados pues la crisis del país los deja en una situación de extrema vulnerabilidad

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Delia Meneses

El papá de María Jardim murió sin haber recuperado los ahorros de toda una vida; esos que anhelaba invertir en una casa para pasar sus últimos años en la tranquilidad de Madeira, su tierra natal. En agosto de 2014 vio cómo su dinero, fruto de años de esfuerzo en el negocio de la familia, quedó retenido. Todos sus sueños se vinieron abajo

El colapso del Banco Espíritu Santo (BES) con perjuicios de 3,6 mil millones de euros pusieron al descubierto una serie de prácticas ilícitas en la venta de productos financieros, confirmadas después por los informes de la auditoría especial de Deloitte, difundidos recientemente.

La situación sumió al emigrante en una depresión profunda, luego vino un diagnóstico de Alzheimer que en cinco meses acabó con su vida. «Mi papá se nubló totalmente, perdió toda su independencia y hasta la capacidad de deglutir. Él aguardaba la esperanza de recuperar su dinero, pero murió hace tres años sin que esto se hiciera realidad», lamenta Jardim.

Los emigrantes afectados por el colapso del BES radicados en Venezuela suman 600 ciudadanos y empresas (200 cuentas bancarias). La asociación que los agrupa, y que dirige Sara Freitas, ha recorrido un largo y tortuoso camino para intentar recuperar más de 98 millones de euros. A la fecha no han recibido respuestas de las autoridades portuguesas quienes habían prometido el proceso de creación de un Fondo de Recuperación de Crédito.

Los portugueses y lusovenezolanos perjudicados exigen que sus ahorros sean desbloqueados pues la crisis del país los deja en una situación de extrema vulnerabilidad. «Desde que retuvieron nuestro dinero en 2014 no hemos podido ahorrar porque la economía de Venezuela se deterioró notablemente. Con la pandemia la situación se agravó. Yo tengo un negocio en el Centro de Caracas que permaneció cerrado durante ocho meses debido a la cuarentena. A partir de octubre, con la flexibilización, comenzamos a trabajar algunos días», cuenta Jardim.

Los hijos de María son ingenieros y viven en España pero ella no los ve desde hace cinco años porque no ha podido viajar. «El negocio cada vez produce menos, el panorama es muy complicado. Le pedimos al Gobierno portugués que se ponga las manos en el corazón. Exigimos que la justicia sea para todos, también para los pobres. Mi papá no pudo ayudar a sus nietos como hubiese querido, yo tampoco pude ayudar a mis hijos que bien lo necesitaban», dice Jardim, quien defiende que deben ser indemnizados por todos los años que han permanecido sin respuestas y sin sus ahorros.

Agrega que ha sido un camino muy triste, marcado por la pérdida irreparable de su padre, que murió sin ver un final feliz para este drama. María recuerda que fue un agente del Banco Espíritu Santo quien visitó, en 2002, el negocio de su papá para convencerlo de depositar su confianza en la institución e invertir en títulos.

«Confiamos en la integridad del banco, así como todos nuestros familiares que años atrás lo habían escogido para guardar sus ahorros. Los bonos o títulos se renovaban automáticamente. En una oportunidad mi padre y yo fuimos a la sede del BES y planteamos nuestros temores sobre tener nuestro dinero bajo esa modalidad, queríamos que lo pasaran a nuestra cuenta, pero nos convencieron de no hacerlo. Nos engañaron a todos», recuerda.

Pese a la atmósfera de desolación, Jardim asegura que sigue aferrada a la esperanza. Pero exige una respuesta rápida. En el caso de los ahorristas residenciados en Venezuela, lamenta que todo se acumuló: el colapso del BES  y la implosión del país.

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