Meter un partido de béisbol en un minúsculo campo de fútbol

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—¿Qué es el béisbol? —le pregunté a un atleta venezolano en una tarde de verano.
—Un deporte en el que recorres las bases de un circuito mientras alguien lanza una bola —me respondió a toda prisa.
—Y ¿qué es el béisbol en Madeira? —le insistí con cierta sospecha.
—Es el mismo deporte, pero, en lugar de recorrer primera, segunda, tercera base y home, te mueves en un mundo de lo posible. ¡Corres tras el sueño de profesionalizar la pelota en la isla! —me confesó ilusionado.
Y para este hombre, cuya pasión se debate entre la realidad y la quimera del béisbol en Madeira, la carrera apenas comienza, sin puntos aún a favor de su equipo: Venezuela.

Ciertamente, Madeira, que parió al astro más brillante del fútbol —Cristiano Ronaldo—, no es cuna ni semillero de la pelota. Pero los venezolanos, que arriban maravillados por la promesa de una vida serena, coquetean con el sueño desvelado de construir su propio campo, uno donde quepa el anhelo de unidad de una comunidad hilvanada a fuerza de recuerdos y melancolías; de sacrificios y recompensas.
El béisbol, que viene en la maleta de los emigrantes, también llegó para quedarse.
Fue precisamente ese afán lo que sedujo y convenció al guaireño Juan Carlos La Cruz de tomar las riendas de la Asociación Deportiva de Béisbol, Softbol y Kikimbol de Madeira, una organización que amasa todo el ímpetu y el deseo de erigir un espacio de identidad común, donde quepan los más de 15 000 lusovenezolanos que, se cree, hacen vida en el archipiélago.
Con una infancia tamizada por el juego, es fácil imaginar a Juan La Cruz acondicionando el terreno para cada torneo que se disputa en Madeira. Su ardor se remonta a hace más de 40 años, cuando vivía en la parroquia Coche de Caracas y seguramente sacaba provecho de su corpulencia para destacar en los partidos que hoy no juega.
Sin ser un arquitecto, Juan Carlos encarna una suerte de artífice de sueños cada vez que traza el área de juego en el campo municipal de fútbol Carlos Sé, en el consejo de San Vicente.
Es como si echara mano de la imaginación y plasmara, al mismo tiempo, la entelequia de un estadio de béisbol dentro de un pequeño recinto de balompié que es tierra y sitial de un deporte ajeno. ¿Es acaso posible?, ¿se puede meter un partido de béisbol dentro de una modesta cancha de fútbol? Pues, sí. No hay imposible que valga cuando se representa el arrojo de una comunidad entera.
Provisto de una guarnición de «cal viva» y de un enjuto envase de plástico, moteado de pequeños agujeros en el fondo, Juan se anticipa cada domingo y pisa el terreno antes de cada amistoso para marcar los 18 metros que hay del home a primera y los 15 que separan a esa última base del montículo del lanzador. Cierne el material con cautela para evitar que se desperdicie. Sobre el terreno todo desemboca en estadísticas: juegos jugados, carreras anotadas, jonrones, outs realizados y ponches.
—La cancha, que es prestada, es muy pequeña. Y el habitual diamante en el que se juega el béisbol se torna complicado —dice, como si en realidad pudiera tallarlo. A Juan no le falta la cal para pintar las líneas sobre la grama artificial, tampoco la energía para exponer las dificultades. Es un hecho que su compromiso con la comunidad se fija con cada pincelada sobre el campo de Boaventura, donde delinea, como si se tratase de un viejo ritual, el modesto circuito.
Entiende que no está solo en la tarea de formalizar esta disciplina. En el camino, han surgido colaboradores que secundan su propósito, que es también el sueño insomne de José Fernandes, el vicepresidente de la organización que suma años sembrando su pasión en medio del Atlántico.
Ambos aplauden la labor del presidente de la Cámara de San Vicente, José António Garcês, quien confió en el proyecto al prestarles, de manera incondicional, el estadio de Boaventura. Hoy Boaventura exuda béisbol. Y alberga un sueño conducido por el júbilo caribeño.

Una pasión, un modo de ser
A decir verdad, la necesidad de construir un templo para el juego de pelota se remonta a hace más de una década cuando los venezolanos se agrupaban de manera informal para jugar amistosos. Entonces, era más una pasión de domingo, la excusa perfecta para compartir una parrilla en familia.
En la historia de la pelota regional, descuellan activistas como Pedro Rodolfo Freitas, precursor de la Asociación de Béisbol de Madeira, quien junto a su esposa dio vida a esta organización en 2004. Eran buenos tiempos para esta modalidad en la isla. El entusiasmo era tal que fue necesario crear equipos. Y llegaron a conformarse hasta ocho, entre los que figuraban Funchal, Curral das Freiras, Caciques, Campanario, Calheta y Montecristo. Hasta 2009 se realizaron innumerables torneos en el campo de Campanario, un espacio que se desdibujó con el tiempo y que hoy alberga la vieja promesa de convertirse en un gran diamante.
En cierta medida, cada venezolano, cada atleta, cada familia que ahora se suma a la asociación, forja su propio espacio en esa comunidad donde todos son hacedores de un anhelo compartido: el impostergable recinto de béisbol para Madeira.
—No se trata de construir un estadio como el del Marítimo. Hemos pensado en algo modesto —machaca Juan La Cruz.
Desde febrero de 2023, cuando se oficializó la Asociação Desportiva e Recreativa de Basebol, Softbol e Kickball da Região Autónoma da Madeira, como se conoce en portugués, la comunidad ha trabajado para articular a los connacionales que comparten el gusto por este deporte. Se han organizado ocho equipos, la mayoría de ellos de manera informal. Y ya se jugó el tercer campeonato de la región, que, a decir verdad, es el primero de la organización como Asociación de Béisbol oficial.
En Madeira, donde la emigración lusovenezolana se ha asentado con mayor fuerza desde 2015, la pelota es más que un deporte, es un modo de estar fuera de casa, en la otra orilla del Atlántico. Y es también un modo de rememorar el pasado, de mantener vigente el fulgor de los venezolanos y lo que pueden llegar a reproducir en el archipiélago, donde un centenar de deportistas se congrega en torno a la Asociación de Béisbol que se perfila como un gran paraguas deportivo.
Hoy, insisten sus promotores, la disciplina está representada por una organización con estatus legal y con facultades para gerenciar posibles donaciones. Cada vez más, dicen sus fundadores, cobran más cuerpo. Y aguardan por la buena voluntad de las autoridades para concretar su sede deportiva.
Juan Carlos La Cruz sostiene que ya hubo conversaciones con el presidente de la Cámara de Ribera Brava y el primer mandatario de la Región Autónoma de Madeira, Miguel Albuquerque, cuya administración tiene en sus manos el anteproyecto que consignaron como asociación para erigir el campo.
También se sabe que los diputados a la Asamblea de Madeira Carlos Fernandes, por el PSD, y Ana Cristina Monteiro, por el CDS, se han sensibilizado con esta iniciativa. Ana Cristina lo ha hecho articulando apoyos para donar los trofeos y medallas que se disputan en los campeonatos y Carlos siendo miembro de la asociación.
En la causa de la pelota, que atañe a una generación de emigrantes, todo suma. «Todos para uno y uno para todos», cual Fuenteovejuna, pero con argumentos, con la palabra como escudo y por una causa virtuosa: labrar el deporte para el futuro.
Desde 2021, cuando se jugó el primer campeonato en Madeira, la cantidad de equipos se ha duplicado. El archipiélago verá nacer un noveno equipo en las próximas semanas. No obstante, es un hecho que de todo ese universo apenas dos están constituidos como clubes deportivos. Se trata de los Dolphins de Funchal y los Caseiros de Calheta, que sí completaron los trámites para tener un registro legal ante las autoridades.
—Esto lo que significa es que están registrados, y pueden recibir aportes o patrocinio. Por lo menos dos o tres equipos más han hecho las tareas para formalizarse como clubes deportivos —adelanta Juan. Sabe que el suyo no es un objetivo individual. Es más bien un espacio compartido en el que estriban los sueños de muchos adultos que incluso desean construir una academia para sus hijos.
—La pelota nos cohesiona como venezolanos, es un deporte que le gusta a todo el mundo y es parte de nuestra identidad —batea Juan. Tal vez su mayor marca personal sea la de forjarse un espíritu aguerrido, en el que converge la nobleza y la vocación de servicio. Porque él no es un activista cualquiera, es uno que lidia con ciertas dificultades de salud y, pese a ello, no se detiene.
Desde que sus riñones se dieron de baja en 2019, acude tres veces por semana a una sala de hemodiálisis donde es conectado a una máquina que se encarga de desintoxicar su sangre. Cada lunes, miércoles y viernes en la noche, comparte sala con una treintena de personas con las que tiene un propósito común: ver materializar sus aspiraciones diarias. Y la de Juan tiene el aspecto de un complejo deportivo.
La suya es una historia de ejemplo, que cobra cierto matiz heroico o de atrevimiento cada vez que desafía su condición de salud y decide donar su tiempo a esta causa que es una de sus mayores distracciones. Su vocación de gerente tal vez le venga de su experiencia como director de la Unidad Educativa Privada Gual y España en Catia La Mar, de la cual es dueño y cuya misión no ha sido otra distinta a la de formar a alumnos con alto nivel educativo desde hace más de dos décadas. Licenciado en Administración Comercial, pontifica la inversión en educación como una prioridad social. Y es, en gran medida, lo que intenta testimoniar con la pelota.
—El béisbol me da cierta vitalidad, es una distracción muy refrescante —dice Juan.
A no ser por los arrebatones caprichosos de su presión arterial, creía estar completamente sano. Pero desde hace cuatro años se cruzó con el drama de la insuficiencia renal que le descolocó la vida. Sus riñones colapsaron, y entonces se halló con los órganos prácticamente rotos, desechos.
—Tenía problemas con la tensión. Me oscilaba entre 180 y 200, pero no manifestaba ningún síntoma. En una ocasión en la que me sometí a una cirugía bariátrica, para hacerme un bypass gástrico, la tensión se me disparó a 240 y no sentí malestar —recuerda.
Con un diagnóstico crónico en mano, Juan tuvo que dar un vuelco a su vida. Y, sin saberlo, esta le deparó el béisbol en Madeira. Sin ser jugador, ha disfrutado de las glorias de cada equipo desde su rol de anotador oficial. A la pregunta de cuándo se concretará el sueño, responde apenas con un dato:
—Sabemos que hay un terreno en Campanario donde se pretende construir el estadio. Las autoridades tienen el espacio con las medidas perfectas. Pero nosotros estamos a la espera de una respuesta oficial —matiza.
En realidad, el gobierno tendrá la última palabra en torno a las características físicas que tendrá el recinto, que no dejará de ser algo modesto, lejos de las dimensiones de los estadios monumentales que existen en Venezuela. En lugar de ello, se ha planteado un espacio sencillo, con sus gradas y lugares para los equipos y sus jugadores. Se espera que el gobierno apruebe una partida de al menos un millón de euros para materializar las obras.
José Rodrigues, el vicepresidente de la Asociación de Béisbol de Madeira, también surca el sueño de construir un lugar propio. Mientras ello ocurre, Rodrigues asienta las bases para la pelota en el terreno más fértil de la isla: las escuelas. Desde hace varios años, acude a los planteles de educación primaria y media para divulgar la disciplina que ayuda a fomentar el trabajo en equipo y el compañerismo.
José nació en la rua do Til, en Funchal, pero emigró a Venezuela cuando tenía 11 años. A los 13 se apasionó por el béisbol al punto de que no le importaba dejar de comer para jugar pelota en las calles de Macarao. En esa época, practicaba en plena calle y a toda hora. Fernandes, quien regresó a Madeira en 2018, como tantos otros emigrantes, anhela que se constituyan equipos en cada freguesia de Madeira.
—Desde 2018, cuando el profesor João Inacio Abreu me invitó a su cátedra deportiva en la escuela Jaime Moniz, me inicié en esta labor que me ha llevado a instituciones de San Vicente, Caniço, São Martinho, Ribeira Brava y Funchal —recuerda. Ahora acude cada lunes, desde la una de la tarde, al Liceo Jaime Moniz, en Funchal, para ejercitar a los niños en la disciplina que forma parte del programa académico; pero que se practica, de manera errónea, con una raqueta y una pelota de tenis.
—He dicho en que se trata de un error, pero ellos insisten en jugar a su manera, sobre todo, por un asunto de seguridad —comenta.
Hoy la asociación que representa cosecha algunos frutos. Hace pocos días se culminó el tercer campeonato de la región en el que los Diamonds resultaron victoriosos. También viajaron para participar en un torneo en Porto, donde compitieron contra otros clubes que se congregaron en Santa Maria da Feira.
Pero José resiente el hecho de que en Portugal no exista una federación de béisbol. Asegura que la organización quedó prácticamente desarticulada en 2008, cuando se denunciaron actos de corrupción por manejos inadecuados de fondos. Apenas existe una representación de aquella federación, cuya presidencia opera desde Canadá y carece de facultades para impulsar la disciplina en el país ibérico y en Madeira.
—Cuando fuimos a Porto, debí poner de mi bolsillo 500 euros para cubrir mi pasaje aéreo, el de mi esposa y el de mi hija. Todos los recursos salen de nuestros bolsillos —recalca.
Aunque existen ciertos aportes aislados, como el que hizo la Coral cuando los venezolanos representaron a Madeira en Porto, los uniformes de cada equipo, que cumplen estándares internacionales, son costeados por los propios jugadores, lo cual es una muestra de la rectitud con la que los atletas asumen el deporte.

Por Julio Materano

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