Portugueses también apuestan al crecimiento de Venezuela desde oficios tradiciones

Algunos ciudadanos llegaron al país con conocimientos de trabajos tradicionales, a los que se dedicaron por completo en su nuevo destino con miras a sobrevivir y mejorar su calidad de vida

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Carla Salcedo / Joel Abreu / Sergio Ferreira

No hay duda alguna de que la raza lusitana es una estirpe valiente y trabajadora, capaz de adaptarse ante las dificultades y esforzarse al máximo para alcanzar pequeños o grandes objetivos; sobre todo si se trata de mejorar la calidad de vida de sus seres queridos. Entre los miles de portugueses que llegaron a Venezuela y comenzaron a trabajar arduamente para mantener a sus familias y reconstruir su vida, algunos ciudadanos decidieron apostar a los oficios tradicionales que habían aprendido previamente en su natal Portugal.

Muchas veces pasan desapercibidos, aun cuando trabajan tanto o más que en otras actividades laborales. Mientras que algunos se dedicaron a ramos como la construcción civil, la carpintería o la albañilería, otros tantos se orientaron a los restaurantes, cafés, panaderías, bodegones, pequeños comercios y mercados municipales. La agricultura y floricultura son, en cierta forma, dos de los trabajos que más desempeñaron los lusitanos en zonas como Los Altos Mirandinos y El Junquito, así como también en la región andina.

“El mercado nos ha dado grandes satisfacciones”

En los pasillos del Mercado de Quinta Crespo, María Da Silva y su esposo son los responsables del puesto de apetitosas frutas que recibe a los compradores en el pasillo número dos, desde hace más de tres décadas. Esta frutería funciona como un negocio familiar, atendido por sus propios dueños, que se desviven por complacer el paladar frutero de los cientos de clientes que cada semana los visitan en el popular mercado, y que desde hace algunos años cuenta con la fuerza laboral de la segunda generación de la familia Da Silva.

Oriunda de Calheta, María llegó en avión a Venezuela, después de haber contraído matrimonio con su esposo. “Cuando llegué, mi esposo tenía un cafetín y lo vendió para pasar a la frutería. Fue un cambió de ramo bien particular, dentro del mismo mercado. No fue muy difícil aprender, porque como portugueses, conocíamos casi todas las frutas, pero también aprendimos mucho de un señor español que nos ayudó a conocer el negocio; él nos asesoró hasta que pudo y nos hizo conocer algunos secretos del negocio” dijo.

La rutina de quien trabaja en un mercado municipal, no es nada fácil. Para ellos el día empieza cuando muchos están empezando a dormir, y no en vano aseguran que tener un negocio digno para recibir al público, les cuesta mucho trabajo y sacrificio. “Por lo menos dos veces a la semana, tenemos que estar a la 1 de la mañana en el mercado de Coche para conseguir algunas frutas, y aunque Quinta Crespo abre a las 5 de la mañana, nosotros tenemos que estar aquí desde antes para arreglar todo y tener lista la mercancía, limpiar, ordenar y también estar preparados para recibir al público. Con nuestro trabajo hemos conseguido nuestro hogar, nuestras cosas, muy pocos viajes de placer, sólo para visitar a nuestros padres que estaban en Portugal, pero muy poco porque casi todo el tiempo estamos trabajando. El mercado nos ha dado grandes satisfacciones. Algo que nos ha quedado es la amistad con la gente que viene a comprarnos, porque tenemos clientes de años que se han convertido en nuestros amigos”, relata Da Silva.

“El mejor trabajo de mi vida son las flores”

Agostinha Pereira nació el 15 de octubre de 1953 en Cámara de Lobos, Madeira. Con tan sólo 28 años de edad y recién casada, decide venir a Venezuela junto a su marido Mario Faría, para surgir en la tierra de la que familiares y conocidos hablaban maravillas. Esto sucede el 1 de mayo de 1981, fecha en la que las flores venezolanas vieron llegar a una madre que las cuidaría como si fueran sus hijas. “Mi amor por mi trabajo comenzó en los jardines de la casa de mis padres en Portugal. Luego cuando me casé, mi marido trabajaba en un vivero, hasta que pudimos comprar un terreno y comenzamos a ofrecer nuestros servicios”, señala.

El trabajo de Agostinha y su pareja no queda en la simple venta de flores: ellos siguen el proceso desde su siembra hasta su posterior proceso de venta y transporte, además de armar ramos o jardines llenos de las mejores flores de vistosos colores. “Cada vez que estoy rodeada de flores me recuerdo de mi tierra natal. Allá las flores siempre se dan con una facilidad que casi no hay que cuidarlas, ahí me enamore del arte de tener un jardín arreglado”, recuerda. “Nosotros sembramos todas las flores que vendemos a nuestros clientes. El cariño y la dedicación que dejamos en nuestro trabajo no tiene precio, pues es algo que hacemos con gusto porque nos agrada. Son como bebes que necesitan de ayuda para poder crecer”, comenta.

“Vine como pedrero y ahora tengo ocho hijos pemones”

Nacido en Beiriz, Póvoa de Varzim, Domingos da Silva Garrido emigró en 1979 a Venezuela, tras haber «probado suerte» en París (Francia), de donde regresó a Portugal para hacer el servicio militar, y luego partió hacia Guinea-Bissau. «Vine a trabajar para la presa de El Guri. Como me sentí bien en Venezuela, me fui a la Gran Sabana, en donde me contrató la constructora para construir casas y hacer obras», explicó.

El ciudadano estuvo en las comunidades indígenas de Canaima y Kabanayén, cerca de la frontera con Brasil y Guyana. «Conocí a la que ahora es mi mujer y me casé con ella. Los niños nacían, crecían, cada vez eran más», argumentó Da Silva Garrido. En total tiene ocho hijos indígenas, fruto de su relación con su esposa pemón o “arekuna”, siendo aceptado por la etnia luego de un proceso complejo y de varias persecuciones.

Con el tiempo se acostumbró a comer yuca, a cazar y a pescar. «Trabajaba en los campamentos y cuando no tenía trabajo iba a una quebrada, buscaba uno, dos o tres diamantes o un trozo de oro y con eso tenía suficiente para vivir», explicó el portugués que durante casi 40 años se dedicó exclusivamente al trabajo en el área de la albañilería y la construcción, estando hoy en día radicado en Puerto Ordaz y alejado de su oficio debido a problemas respiratorios que le dificultan volver al trabajo.

Domingos da Silva Garrido lamenta no haber podido enseñar portugués a sus hijos, pero dice que en su casa tiene dos banderas portuguesas y que espera visitar Portugal muy pronto.

“La costura me permitió salir adelante en Venezuela”

Julieta Da Conceicao De Abreu Caldeira oriunda de Pedra Mole, Riveira Brava, en la isla de Madeira, emigró con destino a Venezuela siendo muy joven; lugar en el que ha trabajado como costurera desde su llegada. Instalada en el país, esta ciudadana contrajo matrimonio con Jaime Caldeira Gastao, unión que trajo al mundo a Orlando Caldeira De Abreu y Jaime Caldeira De Abreu.

“Uno siempre quiere salir adelante, pero cuando nacieron mis hijos fue el momento en que más me di cuenta que tenía que explotar mis habilidades con la costura, y ahí fue cuando decidí ofrecerle mi servicio a todas las personas que conocía y a los que no también” comentó.

“Es cierto que tengo muchísimos años haciendo lo mismo, pero eso a mi no me molesta, cocer es parte de mi como persona y me encanta que la gente me tome en cuenta al momento de reparar una prenda que de alguna manera es importante para ellos”, afirma.

“Para cocer es necesario saber cierta técnicas, pues no siempre sirve o queda bien el mismo tipo de costura. Uno siempre debe buscar la manera de que lo que cocemos quede mejor”, señaló, mostrando la prenda que cocía en ese momento con un nudo doble que explicó por qué era necesario para esa prenda.

“El aire libre y la luz natural siempre me ayudan a hacer mi trabajo mejor. Creo que todos tenemos un lugar donde nos desenvolvemos mejor y sin lugar a dudas estar rodeada de naturaleza es el mío”, recalca mientras saluda a unos viejitos que caminaban por el frente de la casa.

“Hay que trabajar duro para cosechar buenos frutos”

José Teles nació en 1952 en Ribeira Brava, Madeira; ciudad de donde también son nativos sus padres, Antonio de Abreu Teles y María Trindade de Abreu. Asegura sin pensarlo que en Venezuela le ha ido bastante bien, pero que Portugal, específicamente Madeira, es única. La agricultura, más que un trabajo, se convirtió en una verdadera pasión que le absorve las 24 horas del día, los siete días de la semana.

“Después de un tiempo de haber inmigrado, visité en El Junquito a mis tíos, los que propusieron trabajar en su terreno. Me dijeron que tenían un buen cliente y que ya estaban cansados y que se querían regresar a Portugal. Así fue que cuadramos la hacienda El Tibrón y yo comencé en esta área”, relata.

Este inmigrante portugués ha pasado más de la mitad de su vida trabajando con la tierra, alimentando a miles de venezolanos que día a día disfrutan de los alimentos que cosecha. “Hay que trabajar duro para cosechar buenos frutos. Debes tener buenas semillas, sin importar lo buena que sea la tierra. El trabajo debe ser uniforme desde que se ara el espacio hasta el momento exacto de regar luego de sembrar”, recalcó.

“Para ser agricultor hay que tener devoción, mucha paciencia y cariño por lo que se hace. Es una labor que lleva mucho trabajo y conocimiento, pues dependiendo de la tierra debemos arar en una dirección específica. Lo mismo pasa a la hora de sembrar, hay que evaluar que tipo de semilla funciona con esa tierra que tenemos, que fertilizantes son los adecuados, en qué momento el producto está lo suficientemente maduro para ser llevado a la central. Hay que tener experiencia sin duda alguna, pero como todo en esta vida, hay que trabajar duro para cosechar buenos frutos”, afirma con seguridad.

Un panadero comprometido con Venezuela

Para nadie es un secreto que una importante parte de los empresarios que conforma la comunidad portuguesa en Venezuela se dedicaron a la industria de la panadería y pastelería. Uno de estos ciudadanos portugueses que ha dedicado su vida a la producción del preciado bien alimenticio es Cristiano Neto, quien actualmente cuenta con una de las mayores panaderías de Caracas, produciendo aproximadamente más de 300 mil barras de pan por mes.

Cristiano Sousa Neto nació en Coimbra, pero es en Anadia que tiene su propiedad donde va a descansar unas tres veces al año. Tiene 84 años, pero no parece tener más de 70. Ágil, decidido, de rápido raciocinio. Con dos juegos de llaves en mano siempre está dando órdenes. Dos de sus hijos ayudan en éste negocio familiar, demostrando también su compromiso con Venezuela.

Llegó a Caracas con sólo 17 años y el primer empleo que consiguió a su llegada fue distribuir pan con una moto. Cuatro años después ya había entendido cómo funcionaba el negocio y abrió su primera panadería. Se llamaba “Los Nietos”. En 1967, con treinta años, abrió “La Rosita”, en la zona de Campiña, al este de Caracas.

Comenzó vendiendo pan, pero con el tiempo fue ampliando el espacio: hoy es un área enorme, con dos hornos de 14 metros, traídos desde São de Ramalhos, Águeda – Portugal, que hacen 300 panes en media hora. Tiene una auténtica línea de montaje, con algunos empleados haciendo la masa, otros armando el pan, otros colocando en bandejas y otros junto a los hornos. En total son 34 empleados.

Los hornos empiezan a funcionar a las 02:00 de la madrugada y sólo se desconectan alrededor de las 08:00 de la noche. Están siempre produciendo pan durante todo el día. Gasta entre 55 y 60 sacos de 50 kilos de harina al día. Son miles de panes los que diariamente produce para que lleguen a la mesa de los venezolanos.

«¡Nunca sobra pan! Hay siempre filas de gente en la calle. Ayer llegó un camión cargado de levadura que alcanza para todo un año. Harina tengo cantidad para todo un mes. Sólo una vez en todos estos años tuvimos falta de material para producir. Y fueron sólo dos días» explica el ciudadano lusitano, mostrando su orgullo por saber sortear la escasez de materias primas que afecta a gran parte de las panaderías caraqueñas.

Sobre la situación que existe en Venezuela, el portugués se entristece por el hambre que ve reflejada en las calles. «Hay mucha gente pasando hambre y eso me parte el corazón. Ni imaginan la cantidad de pan que yo regalo diariamente” explica el ciudadano, aseverando que prefiere regalar su trabajo antes que ver a personas comiendo de la basura. “Mucha gente se dice esperanzada de que las cosas van a cambiar rápido. Yo no creo. Se tardará algún tiempo” afirma.

Neto no le teme a las dificultades y asegura que volver a Portugal no está en sus planes. “Nunca dejaré este país que me abrió las puertas y dio oportunidades” afirma sin vacilar.

Trabajar en el hogar de otras personas

Lissete Elvira de Sousa Conceicao nació el 25 de mayo de 1962 en la ciudad de Caracas, Venezuela, pero con tan sólo 2 años fue llevada a la tierra de sus progenitores, Portugal; sus padres, Joao de Sousa y Fátima de Sousa, nacieron en Cámara de Lobos, Madeira, pero emigraron a Venezuela a finales de los años 50. Luego, decidieron regresar a su tierra natal cuando nació su hija, con la intención de hacerla verla crecer y desarrollarse con las tradiciones y la vida diaria de sus antepasados, pero la vida decidió que el destino de la pequeña Lissete fuera otro.

Al llegar a la edad de 5 años, Lissete vio como sus padres fallecían luego de un accidente de tránsito del que ella sobrevivió. Sin familiares directos en la isla ibérica, su tía Mercedes Conceicao, la acogió en su hogar de vuelta a la capital de Venezuela, donde ha residido hasta la actualidad.

De familia humilde, Lissete debió comenzar a trabajar desde los 12 años de edad, pues su tía no podía costear los gastos del hogar, lo que la llevó a laborar como asistente del hogar en diferentes casas de la ciudad que requerían sus servicios. “Es cierto que al principio fue muy difícil adaptarme al nuevo estilo de vida, pero luego de tantos años debo decir que me siento orgullosa de quien soy y como lo he logrado” afirma.

Desde pequeña fue aprendiendo a como respetar a los dueños de los hogares donde prestaba el servicio de limpieza, pero al mismo tiempo a como hacer que la respetaran a ella con humildad, trabajo y mucha voluntad. “Hay mucha gente que puede sentirse menos que los demás por trabajar en la limpieza de casas, pero yo todo lo que me he ganado ha sido trabajando en esa área de manera honrada, pues es un trabajo como cualquier otro”, comenta Lissete, mientras mira a su hija, la cual sonriente honra a su madre asegurando que quiere seguir siendo como su madre.

Luego de tener que comenzar a trabajar a temprana edad, Lissete quedo embarazada con tan sólo 15 años, lo que la obligo a esforzarse aún más, para poder salir adelante junto a su hija, a quien bautizó como Daniela Elvira Da Conceicao.“Yo cocino, plancho, limpio, en fin, todas las cosas necesarias que se deben realizar como señora de limpieza, y todos los días trato de hacer mi trabajo lo mejor posible, pues he creado una reputación de confiable y trabajadora en el medio, y esto he tratado de inculcárselo siempre a mi hija”, señala con orgullo.

Al ser luso descendiente y al haber aprendido de la cultura portuguesa por los años que vivió en el país ibérico, Lissete se ha ganado no sólo el respeto sino también la amistad de muchos portugueses de la ciudad capital, específicamente en la zona del Hatillo, lugar donde labora en su mayoría.

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