Vargas, el hogar que perdimos hace 15 años

A verdadeira tragédia foi acabar com as gentes de uma povoação unida

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Este 15 de diciembre de 2014, se han cumplido 15 años de la recordada “Tragedia de Vargas”, de la que soy sobreviviente, por lo que me he tomado el atrevimiento de pedirle a mi editor un espacio para plasmar algunos de los recuerdos que mi memoria aún guarda, de aquel Vargas que tuve la oportunidad de conocer y que probablemente muchos añoran.
Creo que en honor a la verdad, es mejor hablar de lo bello que vivimos y no de lo miserable que nos hizo perderlo, porque si algo es cierto, es que ninguno de los que sobrevivimos volvimos a ser los mismos, ni recuperamos lo que perdimos. De aquello sólo nos quedan los amigos y los recuerdos, y en mi caso particular, las historias de mis primos mayores, tíos y abuelos, que me encanta escuchar una y otra vez, sobre el pueblo que me regaló la infancia más feliz que cualquier niño puede tener.

La Guaira era, lejos de lo que vemos hoy, un lugar donde se recreaba la mirada de cualquiera. Los guaireños eran personas muy bien vestidas y perfumadas hasta para ir al abasto o a la panadería. Lo más escandaloso eran los autobuses que luchaban por quién llevaba la música más alta.

calle-desde-abajoMacuto: un cable a tierra
De vez en cuando me escapo a Macuto, y me paseo entre las avenidas España e Isabel La Católica, que fue donde viví mis primeros años. Allí vienen todas las risas, todos los recuerdos, y aunque ya no conozco a nadie y las casas no son las mismas, en mi mente empiezan a dibujarse todas esas cosas que viví hasta los 12 años.

Hace unos meses me sentaba en la placita que conectaba ambas avenidas, y que ya no tiene aquellas cayenas que la caracterizaban. Allí había una bodeguita en la que conocí a Manuel, Eduardo y Salomé, cuyo esfuerzo los llevó a montar un supermercado en la avenida Álamo, que a pesar de haber sido tapiado por la tragedia, aún hoy en día existe.

Frente a ellos, se encontraba el “Apolo 8”, la panadería fantástica que no sólo tenía el nombre de un cohete, sino que representaba toda una experiencia para quien la visitaba. Aquella esquina era muy movida, en la que no sólo llegaban los turistas de Caracas, sino que se paraban los autobuses que iban al resto del Litoral, veías a las mujeres caminar apresuradas para llegar a la peluquería de Agustina, y a otros comprando billetes de lotería donde “La Catira”.

Entrar al “Apolo 8” por los torniquetes y pasearse por las neveras donde se exhibían gran cantidad de productos, era muy divertido para los niños. Allí siempre había gente y movimiento, y por supuesto el señor Freites, su dueño, que pese a su cara seria, de vez en cuando nos regalaba chupetas o algún dulce, y una sonrisa.

Si querías enterarte de algo, tenías que estar allí ó visitar un poco más adelante la Pensión Juanches.

Las caminatas por el Paseo de Macuto, iniciando en la Plaza de las Palomas, la verdadera no la nueva, era toda una experiencia para propios y extraños. Las luncherías, bares y tiendas, hacían un festival de colores frente a la orilla de las playas, A,B y C, que concluía en el abandonado Hotel Miramar, tesoro de Macuto en el que mucho niños pudimos conocer el gran tesoro que nos dejó Armando Reverón, a través de planes vacacionales de expresión artística.

Ya casi llegando al teleférico, muchas veces nos tocaba hacer cola para deleitarnos con los golfeados de nuestros paisanos, que, aunque no eran los originales de El Junquito, eran y son igual de buenos.

Comunidad por doquier
Recuerdo ir a visitar a mis primas en Los Corales, y pararme con mi abuela en la Panadería La Crema del Litoral, justo frente a la parada del autobús en la avenida La Costanera, de la que me viene a la mente su decoración en azul oscuro y el exquisito sabor de su pan de banquete, que nuestras abuelas rellenaban con diablitos o jamón y queso, para disfrutar de los días de piscina y las famosas ambrosías de este lugar.

A veces comprábamos pan unas calles atrás, en “El Palacio del Pan”, con un sabor sin igual. Recuerdo que en navidad, las colas para comprar pan de jamón eran larguísimas, y si no había cola es porque ya el pan se había acabado.

Si había alguna emergencia de último minuto en las reuniones familiares en Los Corales o Tanaguarenas, la parada segura en el Supermercado Riviera en El Caribe, que antes del 99 se mostraba como uno de los más sofisticados, porque a diferencia de otros de su clase contaba con aire acondicionado. Por supuesto, estando tan cerca de la Tomaselli, que era donde se exhibían los jóvenes más cotizados de la época, no se podía esperar menos.

Pero si íbamos a la playa la parada era en Naiguatá, que de toda la vida se ha conocido como el pueblo del tambor y los portugueses, que han sido tan importantes desde su fundación, que aún hoy la Virgen de Fátima es venerada al mejor estilo de una patrona. Así sólo se pasara de camino a la playa, eras testigo del crecimiento de sus negocios, que empezaron siendo pequeños, como el Supermercado Río Mar, y hoy tiene un edificio y diferentes localidades en la calle principal.

Sin duda alguna, mis paradas favoritas eran las del regreso. Comer fresco frente al mar en el “Rey del Pescado Frito”, donde te recibía aquella figura enorme de polietileno en forma de pez coronado, que a cualquier niño le llama la atención. Y al salir de allí, no podíamos dejar de pararnos en la casa de los heladitos en Carmen de Uria, aunque mi mente no me permite recordar el nombre del propietario de aquel negocio familiar, en el que las neveras daban la bienvenida a los visitantes, que pedían por cantidad los helados naturales de frutas a base de agua.

Los hoteles Macuto Sheraton y Mélia Caribe, las modernas salas de cine, el boulevard de Playa Escondida, aquel barco fondeado en Playa Carrilito en el que se podía cenar o la famosa Gabarra, y muchas otras cosas más que todos perdimos, vivirán por siempre en los recuerdos, de quienes tuvimos la oportunidad de conocer el Vargas de verdad, uno que murió hace 15 años.

Paz a su alma, y al alma de todas esas personas que se fueron con nuestro amado estado.

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Egresada como Licenciada en Comunicación Social mención Periodismo de la Universidad Católica Andrés Bello (2010). Especializada en Periodismo Deportivo por la Universidad Simón Bolívar y en Dirección de Medios y empresas de Comunicación por la ESAE Business School de España. Inició su carrera laboral como pasante en el departamento de medios y comunicaciones corporativas de Editorial Alfa en 2007 y posteriormente como productora asociada en un programa radial en Radio Caracas Radio 750 AM, junto a los periodistas Javier Conde y Sebastián de la Nuez. Forma parte del equipo de periodistas de planta del CORREIO da Venezuela desde diciembre de 2009. Además se ha desempeñado como correctora y editora de textos de la Revista Ripeando, y asesor de comunicaciones.

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